Velada

Bien podría morir en pocas horas -como cualquiera- y mi vida podría haber sido las espera de otros momentos, estoy en mi cama, con el coro de mi alma en pleno, mientras la ciudad parcialmente calla y duerme, pensando en lo que podría escribir mañana, cuando la noche recoja el telón y el día cante su himno.
Pero son estas horas, amigables para mí, las que inquietan eso que soy yo o esa que creo ser; la noche y toda aquella aparente pasividad que la envuelve, son estos momentos precedentes al sueño, donde los amantes buscan deshojar sus ardores y el poeta cree encontrarse, cuando la transparencia del mundo es casi palpable. Estas horas que parecen anteceder un presentimiento, una pequeña muerte, frivolamente constante e imperecedera como nunca lo sabremos,  tal vez sea la muerte del día, de mi día a día que es hoy, lo que acaba por enrollarse por entero en  mi alma y darle ese sabor de agonía a las últimas horas del cansancio.

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